EN LA ESQUINA

EN LA ESQUINA

 

Donde se juntan dos vientos no hay esquina

sino remolino y los manjares prometidos por la lluvia

adelgazada con truenos borrachos.

Donde se juntan dos corazones no hay amor

 sino excusa para la sinrazón y montañas.

¿Qué quiso decir el poeta y el sabio

cuando no podían morir de amor sino de papeles sabios?

Papeles ardientes, juzgados con el odio de los escritorios

de diputados y senadores del perjurio mensual

y lleno de torturas pasajeras,

o quizá solamente adornos en la piel para el desfile

mensual de modas:

perros desnudos y amables,

 que procuran a la culebra soberbia, árida como los cementerios

de las noches macerados por los días corruptos y con una luna indecente

como diciendo “un árbol se ha partido y yo solo vivo esta noche”.

 Jamás el licor de sol desmañanado ha adormecido

a los vientos que agarran vuelo en mis oídos

como tampoco los ríos se alargan cuando

mi soberanía se arrastra por la geometrías

de la espesura de los días sin nubes en el paladar.

Por eso en las esquinas mis manos se adelantan a mi sombra

para ver pasar la historia de mis ancestros y la nívea alma de

la estrella más lejana.

Nada sucede entre las alas rotas de los ángeles

solamente su plumaje se lame los labios,

saboreando la insufrible brevedad de los sueños y

un rápido parpadear de codornices jaspeadas:

las esquinas duermen más que las aristas.